Adrián Pujol presenta «Lo aparente y lo real» en Cabinet Gallery
En ocasiones, la vigencia de la obra está sujeta a las lecturas que de ella se haga en el tiempo en resonancia con la percepción de la realidad y los imaginarios individuales y colectivos; es decir, las subjetividades.
En la selección de obras que se presentan en “Lo aparente y lo real” (1977-1985), Adrián Pujol (Palma de Mallorca, 1948) retrata una realidad que el “país que se soñó moderno” intentaba ocultar, adelantándose críticamente a manifestaciones contemporáneas posteriores, y mostrando que lo visible no siempre es lo real y que el velo que nubla esa visión radica en nuestras creencias e ideologías.
S.T (Movimiento electoral del pueblo). San José de Valencia, Carabobo, 1977. Temple magro al huevo sobre tabla. 73 x 100 cm.
El conjunto ofrece una mirada retrospectiva de aquellos primeros años en el país, y permite revisitar su trabajo a la luz del tiempo, ampliando la posibilidad de su interpretación. Tras su arribo, a mediados de los años setenta, el artista aborda las tareas inmediatas del emigrado: una es reconocer el nuevo entorno y su ambiente, vale decir, asimilar el paisaje natural, que de entrada rompía con sus estereotipos europeos de lo tropical, a la par de observar los hábitos de vida del lugar al cual comenzaba a integrarse. Por otra parte, este cambio de geografía implicaba darle continuidad a sus aspiraciones y propósitos como artista, abriendo un nuevo capítulo en su trabajo. Quizás por razones prácticas insistió en la pintura sobre tela o madera, específicamente con la ancestral técnica del temple al huevo que tiene la característica de un secado rápido y un acabado mate.
S.T. Av. Lara de Valencia, Carabobo, 1978. Temple magro al huevo sobre tabla. 70,5 x 155 cm.
Pujol encuentra una Venezuela que va construyendo, no sin dificultad, un sistema democrático. La bonanza petrolera contribuía a afianzar esa nueva narrativa de progreso y modernidad implantada por el proyecto desarrollista, sin embargo, las señales de problemas sociales y económicos eran evidentes. Ese contraste marcó sensiblemente a nuestro artista, y es justamente la mirada desde la otredad lo que le permite leer al país desde un ángulo distinto. No es casual, por cierto, que en la actualidad a Pujol se le suela llamar “artista viajero” porque sin duda la distancia del contexto venezolano lo llevó a mostrar, desde aquel primer momento, una imagen mucho más acorde y genuina del país.
Como contraposición al predominio de la abstracción geométrica, valorado como el arte nacional, estas primeras obras captan la esencia del ambiente que encontró. Pujol eleva desde lo simbólico al objeto pintado, construyendo una iconología inédita para el momento y, digámoslo, ¡el tiempo confirmó su apreciación!
«Bodega La Japonesa». San José de Valencia, Carabobo, 1978. Temple magro al huevo sobre tabla. 45,5 x 53,5 cm
Del grupo de obras, cuatro piezas pertenecen a la serie de los muros: Sin título (Movimiento Electoral del Pueblo), Valencia, 1977; Bodega La japonesa, Valencia, 1978; Muro de Monte Piedad, Caracas, 1977; Sin título, San José de Valencia, 1977 y Sin título, San José de Valencia, 1978, que fueron exhibidas en “Monólogos y muros”, su primera individual en Venezuela, Sala Mendoza de Caracas en 1978. Las imágenes muestran casas con paredes derruidas y desgastadas por el tiempo y el abandono, en las que van asomando las delicadas y también ásperas texturas y tonalidades de la tierra de las capas de frisos y cales. Otra obra, una carpa Sin Título, Colombia, 1979, de la exposición “Carpología y Lonografía”, Sala Mendoza, 1980, muestra un primer plano de una carpa de circo efímera y rudimentaria, y de nuevo pareciera que Pujol insiste en evidenciar la cartografía de lo temporal e inestable como característica de su nueva manera de habitar el mundo. Por último, Umbral norte del laberinto, de 1985, acertado título que prevé un tiempo de transición entre los primeros cuerpos de obras ceñidos a la realidad y un espacio imaginario, lúdico y casi portátil, donde se yuxtapone la naturaleza avasallante con la incerteza de permanecer en un lugar. Territorio fantástico que constituirá el preámbulo a lo que será su posterior proyecto de vida: pintar el vasto paisaje venezolano.




